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Porto
de Galinhas, colorida como su
artesanía.
La playa
pernambucana tiene grandes
extensiones de piscinas naturales, calor
interminable, hoteles excelentes, gente
linda y un arte muy colorido.
Parece la Polinésia, pero
sale
mucho
mas barato.
No precisan ir a la Polinesia Francesa o
a las Islas Fiji para tener una luna de
miel de super-estrella. Ni necesitan
enfrentar quince horas incómodas en un
asiento de avión. Tampoco ver su reloj
biológico de cabeza para abajo por causa
del huso horario ocho horas adelantado.
No precisa hacer nada de eso para vivir
esa fantasía. El nombre Uds.,
probablemente, ya lo escucharon alguna
vez:”Porto de Galinhas”, en el litoral
de Pernambuco.
Extensas barreras de arrecifes crean
acuarios en que los peces vienen a comer
en tu mano (o mordisquear el bikini).
Esos laberintos sirven de pasarela para
una infinidad de cardúmenes
multicolores. Y no es preciso ser un
buceador profesional,
ni navegar lejos
de la costa, para explorar esta
maravilla. Bastan solo diez minutos
nadando, o si prefiere por menos de dos
dólares la hora puede hacer un
paseo de
balsa para recorrerlas. Estas piletas
naturales se
encuentran en la mayoría de
las
playas,
ya que toda la región esta
minada de arrecifes, con extensiones
hasta de dos kilómetros como ocurre en
la “Praia de Muro Alto” -bautizada así
debido a su inmensa pared de arrecifes.
Con marea baja se puede caminar, y hasta
practicar deportes náuticos tales como
jet ski, kayak, windsurf, o simplemente
pasear de balsa si es de su preferencia.
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Paraiso
natural
Esta antigua villa de pescadores -
perteneciente al municipio de Ipojuca, a
apenas 62 kilómetros al sur de Recife
–un verdadero y siempre tentador
paraíso. Son nueve playas de un mar
verde-esmeralda translúcido, altas
palmeras, temperatura tórrida (siempre
pisando los 30 grados), brisa permanente
y arenas clarísimas. Porto de Galinhas
tiene, todavía, lo que los ecologistas
llamaran de ríos impolutos y fértiles
pantanos.
Al final, fue descubierta por
el turismo en la década de los ’90.
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